jueves, 8 de octubre de 2015

Pedro Mir


Puesto en la mira por 


  • Biografía
Nació San Pedro de Macorís en 1913.  Escritor dominicano, considerado uno de los poetas más relevantes de la literatura dominicana.En su primera juventud ejerció el magisterio en su ciudad natal, donde escribió sus primeros versos; más tarde, en 1937, publicó en el rotativo Listín Diario sus primeros poemas. Trasladado por motivos de estudios a la capital, cursó derecho en la Universidad de Santo Domingo, por la que se doctoró en 1941.En 1947, por problemas de salud y también por razones políticas (la dictadura del general Trujillo), abandonó el país. Se exilió en México, Guatemala y Cuba, donde publicó Hay un país en el mundo (1949). Subtitulado "Poema gris en varias ocasiones", este poema, un bello y emotivo canto a su país, le daría prestigio continental. A partir de entonces se le situó en la poesía comprometida centroamericana, pero siempre desde unos criterios estéticos rigurosos y a la vez profundamente imbricados en el sentir colectivo, logrando una poesía social alejada del panfleto político.Regresó a su país y fue nombrado profesor de estética de la Universidad Autónoma, dedicándose a la investigación histórica y artística, al ensayo y al periodismo literarios. Su labor y logros literarios fueron continuos. Recibió el Premio Nacional de Historia por su ensayo Las raíces dominicanas de la Doctrina Monroe (1974), y el Premio Anual de Poesía por su extenso poema El huracán Neruda (1975). En 1984 el Congreso Nacional lo declaró Poeta Nacional, tomando en consideración el conjunto de su obra, y en 1993 obtuvo el Premio Nacional de Literatura.

  • Poemas
Hay un país en el mundo
Hay un país en el mundo
colocado
en el mismo trayecto del sol.
Oriundo de la noche.
Colocado
en un inverosímil archipiélago
de azúcar y de alcohol.

Sencillamente
liviano,
como un ala de murciélago
apoyado en la brisa.

Sencillamente
claro,
como el rastro del beso en las solteronas antiguas
o el día en los tejados.

Sencillamente
frutal. Fluvial. Y material. Y sin embargo
sencillamente tórrido y pateado
como una adolescente en las caderas.

Sencillamente triste y oprimido.

Sencillamente agreste y despoblado

En verdad.
Con tres millones
suma de la vida
y entre tanto
cuatro cordilleras cardinales
y una inmensa bahía y otra inmensa bahía,
tres penínsulas con islas adyacentes
y un asombro de ríos verticales
y tierra bajo los árboles y tierra
bajo los ríos y en la falda del monte
y al pie de la colina y detrás del horizonte
y tierra desde el canto de los gallos
y tierra bajo el galope de los caballos
y tierra sobre el día, bajo el mapa, alrededor
y debajo de todas las huellas y en medio del amor.

Entonces
es lo que he declarado.

Hay
un país en el mundo
sencillamente agreste y despoblado.

Algún amor creerá
que en este fluvial país en que la tierra brota,
y se derrama y cruje como una vena rota,
donde el día tiene su triunfo verdadero,
irán los campesinos con asombro y apero
a cultivar
cantando
su franja propietaria.

Este amor
quebrará su inocencia solitaria.
Pero no.

Y creerá
que en medio de esta tierra recrecida,
donde quiera, donde ruedan montañas por los valles
como frescas monedas azules, donde duerme
un bosque en cada flor y en cada flor la vida,
irán los campesinos por la loma dormida
a gozar
forcejeando
con su propia cosecha.

Este amor
doblará su luminosa flecha.
Pero no.
Y creerá
de donde el viento asalta el íntimo terrón
y lo convierte en tropas de cumbres y praderas,
donde cada colina parece un corazón,
en cada campesino irán las primaveras cantando
entre los surcos
su propiedad.

Este amor
alcanzará su floreciente edad.
Pero no.

Hay
un país en el mundo
donde un campesino breve,
seco y agrio
muere y muerde
descalzo
su polvo derruido,
y la tierra no alcanza para su bronca muerte.

¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije:
sencillamente triste y oprimido.

Procedente del fondo de la noche
vengo a hablar de un país.
Precisamente
pobre de población.
Pero
no es eso solamente.
Natural de la noche soy producto de un viaje.
Dadme tiempo
coraje
para hacer la canción.

Plumón de nido nivel de luna
salud del oro guitarra abierta
final de viaje donde una isla
los campesinos no tienen tierra.

Decid al viento los apellidos
de los ladrones y las cavernas
y abrid los ojos donde un desastre
los campesinos no tienen tierra.

El aire brusco de un breve puño
que se detiene junto a una piedra
abre una herida donde unos ojos
los campesinos no tienen tierra.

Los que la roban no tienen ángeles
no tienen órbita entre las piernas
no tienen sexo donde una patria
los campesinos no tienen tierra.

No tienen paz entre las pestañas
no tienen tierra no tienen tierra.

.......

Miro un brusco tropel de raíles
son del ingenio
sus soportes de verde aborigen
son del ingenio
y las mansas montañas de origen
son del ingenio
y la caña y la yerba y el mimbre
son del ingenio
y los muelles y el agua y el liquen
son del ingenio
y el camino y sus dos cicatrices
son del ingenio
y los pueblos pequeños y vírgenes
son del ingenio.

Es verdad que en el tránsito del río,
cordilleras de miel, desfiladeros
de azúcar y cristales marineros
disfrutan de un metálico albedrío,
y que al pie del esfuerzo solidario
aparece el instinto proletario.

Pero ebrio de orégano y de anís,
y mártir de los tórridos paisajes
hay un hombre de pie en los engranajes.
Desterrado en su tierra. y un país,
en el mundo,
fragrante,
colocado
en el mismo trayecto de la guerra.
Traficante de tierras y sin tierra.
Material. Matinal. Y desterrado.

.......

Quiero ver su amargura necesaria
donde el hombre y la res y el surco duermen
y adelgazan los sueños en el germen
de quietud que eterniza la plegaria.

Donde un ángel respira.
donde arde
una súplica pálida y secreta
y siguiendo el carril de la carrera
un boyero se extingue con la tarde.

Después
no quiero más que paz.
Un nido
de constructiva paz en cada palma.
Y quizás a propósito del alma
el enjambre de besos
y el olvido.

Contracanto a Walt Whitman
Contracanto a un célebre poema de Walt Whitman publicado en 1855 
con el título de "Canto a mí mismo" (Song of myself) que se inicia así: 
"Yo, Walt Whitman, un cosmo, un hijo de Manhattan..."
Yo, 
un hijo del Caribe, 
precisamente antillano. 
Producto primitivo de una ingenua 
criatura borinqueña 
y un obrero cubano, 
nacido justamente, y pobremente, 
en suelo quisqueyano. 
Recogido de voces, 
lleno de pupilas 
que a través de las islas se dilatan, 
vengo a hablar a Walt Whitman. 
Un cosmos, 
un hijo de Manhattan. 
Preguntarán 
¿quién eres tu? 
Comprendo. 
Que nadie me pregunte 
quien es Walt Whitman. 
Irían a sollozar sobre su barba blanca. 
Sin embargo, 
voy a decir de nuevo quien es Walt Whitman, 
un cosmos, 
un hijo de Manhattan.
1
Hubo una vez un territorio puro. 
Árboles y terrones sin rubricas ni alambres. 
Hubo una vez un territorio sin tacha. 
Hace ya muchos años. Mas allá de los padres de los padres 
las llanuras jugaban a galopes de búfalos. 
Las costas infinitas jugaban a las perlas. 
Las rocas desceñían su vientre de diamantes. 
Y las lomas jugaban a cabras y gacelas...
Por los claros del bosque la brisa regresaba 
cargada de insolencia de ciervos y abedules 
Que henchían de simientes los poros de la tarde. 
Y era una tierra pura poblada de sorpresa. 
Donde un terrón tocaba la semilla 
Precipitaba un bosque de dulzura fragante. 
Le acometía a veces un frenesí de polen 
que exprimían los álamos, los pinos, los abetos, 
y enfrascaban en racimos la noche y los paisajes. 
Y era minas y bosques y praderas 
cundidos de arroyuelos y nubes y animales.
2
(¡Oh, Walt Whitman de barba luminosa...!) 
Era el ancho Far-West y el Mississippi y las 
Montañas 
Rocallosas y el Valle de Kentucky 
y las selvas de Maine y las colinas de Vermont 
y el llano de las costas y más... 
Y solamente 
faltaban los delirios del hombre y su cabeza. 
Solamente faltaban las palabras 
mío 
penetrara en las minas y las cuevas 
y cayera en el surco y besara la Estrella 
Polar. Y cada hombre 
llevara sobre el pecho, 
bajo el brazo, en las pupilas y en los hombros, 
su caudaloso yo, 
su permanencia 
en sí mismo, 
y lo volcara por aquel desenfrenado territorio.
3
Que nadie me pregunte 
quien es Walt Whitman. 
A través de los siglos 
irían a sollozar sobre su barba blanca. 
He dicho que diré 
y estoy diciendo 
quién era el infinito y luminoso 
Walt Whitman, 
un cosmos, 
¡un hijo de Manhattan!
4
Hubo una vez un intachable territorio puro. 
Solamente faltaba que la palabra 
mío 
penetrara su régimen oscuro. 
Sin embargo, 
el yo que iba a decirla estaba allí 
pero cogido 
como un pez 
en su red de costillas. 
Estaba 
pero interno, pero adusto y confinado 
y amaba y deshojaba sus novias amarillas. 
Afuera estaba el firme sistema de la Ley. 
Estaba la celosa 
regulación de la conducta. 
La ley del algodón, la Ley. 
la Ley del algodón, la Ley del sueño, 
la Ley inglesa, dura y definitiva. 
Y apenas 
un breve yo surgía entre dos párpados, 
se iluminaba el cumplimiento de la Ley. 
Y entonces, 
cada cual derogaba su yo desestimado 
entre el musgo, la sombra, la amapola 
y el buey.
5
Y un día 
(¡Oh, Walt Whitman de barba insospechada...!) 
al pie de la palabra 
yo 
resplandeció la palabra 
Democracia. 
Fue un salto. 
De repente 
el mas recóndito yo 
encontró su secreto beneficio 
Libertad de Trabajo. Libertad de Conciencia. 
Libertad de Palabra. Libertad de Camino. 
Libertad de aventura, proyecto y fantasía. 
Libertad de fracaso, de amor, y de apellido. 
Libertad sin retorno ni vértices ni ortigas. 
Libertad de quererme y mirarme en su pupila. 
Libertad de la dulce asamblea que tengo en mi 
corazón 
contigo y con toda la infinita humanidad que rueda a 
través 
de todas las edades, los años, las tierras, los países, 
los credos, los horizontes... y fue la necesaria 
instalación de jubilo. 
Las colinas desataron luceros y luciérnagas. 
Las uvas se embriagaron de vino y de perennidad. 
En todo el territorio 
se hizo la gran puerta de la oportunidad 
y todo el mundo tuvo acceso a la palabra 
mío.
6
¡Oh, Walt Whitman de barba sensitiva 
era una red al viento! 
Vibrada y se llenaba de encendidas figuras 
de novia y donceles, de bravos y labriegos, 
de rudos mozalbetes, camino del riachuelo, 
de guapos con espuelas y mozas con sonrisa, 
de marchas presurosas de seres infinitos, 
de trenzas o sombreros... 
Y tu fuiste escuchado 
camino por camino 
golpeándoles el pecho 
palabra con palabra. 
¡Oh, Walt Whitman de barba candorosa, 
alcanzo por los años tu ropa llamarada!
7
Los hombres avanzaron con su suerte 
robusta y masculina 
sudorosa. Pilotearon los 
barcos 
y los días. En la ruta pelearon con los indios 
y las indias. En las noches contaron sus historias 
y ciudades. En la brisa colgaron sus camisas 
y caminos. En el valle pusieron diligencias 
y ciudades. En la brisa colgaron sus camisas 
y el olor de los pechos precedentes del hacha 
y a veces se extraviaron en las sombras 
de los vientres de muchachas... 
Aquel territorio fue creciendo hacia arriba 
y hacia abajo. 
Rascacielos 
y minas 
se iban alejando de la tierra, 
unidos y distantes. 
Los más fuertes, los mas iluminados, los mas 
capaces de violar un camino, fueron adelante. 
Otros quedaron atrás. Pero la marcha 
seguida sin sosiego, sin volver la mirada. 
Era preciso 
confianza en si mismo. 
Era preciso 
fe. 
Y suavemente se forjo la canción: 
yo el cow-boy y yo el aventurero 
y yo Alvin, yo William con mi nombre y mi suerte de 
Baraja, 
y yo el predicador con mi voz de barítono 
y yo la doncella que tengo mi cara 
y yo la meretriz que tengo mi contorno 
y yo el comerciante, capitán de mi plata 
y yo 
el ser humano 
en pos de la fortuna para mi, sobre mi, 
detrás de mi. 
Y con el mundo entero 
a mis pies, sometido a mi voz, 
recogido en mi espalda 
y la estatura de la cordillera yo 
y las espigas de la llanura yo 
y el resplandor de los arado yo 
y las orillas de los arroyos yo 
y el corazón de la amatista yo 
y yo 
¡Walt Whitman 
un cosmos, 
un hijo de Manhattan...!
8
¡Secreta maravilla de una historia que nace...! 
Con aquel ancho grito 
fue construida una nación gigante, 
Formada de relatos y naciones pequeñas 
que entonces se encontraban como el mundo 
entre dos grandes mares... 
Y luego 
se ha llenado de golfos, islotes y ballenas 
esclavos, argonautas y esquimales... 
Por los mares bravíos 
empezó a transitar el clíper yanqui, 
en tierra se elevaron estructuras de aceros, 
se escribieron poemas y códigos y mármoles 
y aquella nación obtuvo sus ardientes batallas 
y sus fechas gloriosas y sus héroes totales 
que tenían aun entre los labios 
la fragancia 
y el zumo 
de la tierra olorosa con que hacían su pan 
su trayecto y su equipaje... 
Y aquella fue una gran nación de rumbos y albedríos. 
Y el yo 
-la rotación de todos los espejos 
sobre una sola imagen- 
halló su prodigioso mensaje primitivo 
en un inmenso, puro, territorio intachable 
que lloraba la ausencia de la palabra 
mío.
9
Porque 
¿qué ha sido un gran poeta indeclinable 
sino un estanque límpido 
donde un pueblo descubre su perfecto 
semblante? 
¿Qué ha sido 
sino un parque sumergido 
donde todos los hombres se reconocen 
por el lenguaje? 
¿Y que 
sino una cuerda de infinita guitarra 
donde pulsan los dedos de los pueblos 
su sencilla, su propia, su fuerte y 
verdadera canción innumerable? 
Por eso tu, numeroso Walt Whitman, que viste y 
deliraste 
la palabra precisa para cantar tu pueblo, 
que en medio de la noche dijiste 
yo 
y el pescador se comprendió en su carpa 
y el cazador se oyó en mitad de su disparo 
y el leñador se conoció en su hacha 
y el labriego en su semblante amarillo sobre el agua 
y la doncella en su ciudad futura 
que crece y que madura 
bajo la saya 
y la meretriz en su fuente de alegría 
y el minero de sombra en mis pasos debajo de la 
patria... 
cuando el alto predicador, bajando la cabeza, 
entre dos largas manos decía, 
yo 
el pueblo entero se escucha en ti mismo 
cuando escuchaba la palabra 
yo, Walt Whitman, un cosmos, 
¡un hijo de Manhattan...! 
Porque tu eras el pueblo, tu eras yo, 
y yo era la Democracia, el apellido del pueblo, 
y yo era también Walt Whitman, un cosmos, 
¡un hijo de Manhattan!
10
Nadie supo que noche desgreñada, 
un rostro frio, de bajo celentéreo, 
se halló en una moneda. Que reseco semblante 
se pareció de pronto a un circulo metálico y sonoro. 
Que cara seca vió en circulación de mano en mano 
que seca boca dijo de pronto 
yo. 
Y empezó a conjugarse, a cumplirse y a multiplicarse 
en todas las monedas. 
En moneda de oro, de cobre , de níquel, 
en moneda de mano, de venas de vírgenes 
de labradores y pastores, de cabreros y albañiles. 
Nadie supo quien fue el desceñido primero. 
Mas se le vió otra mano comprar la conciencia. 
Y del fondo de los ríos, de los barrancos, de la 
médula 
de los arbustos, del filo de las cordilleras, 
pasando por torrentes de sudor y de sangre, 
surgieron entonces los Bancos, los Truts, 
los monopolios, 
las Corporaciones.... Y, cuando nadie lo supo 
fueron a dar allí la cara de la niña y el corazón 
del aventurero y las cabriolas del cow-boy y los 
anhelos 
del pioneer... y todo aquel inmenso territorio 
empezó a circular por las cajas de los Bancos, los 
libros 
de las Corporaciones, las oficinas de los rascacielos, 
las maquinas de calcular... 
y ya: 
se le vió una mañana adquirir la gran puerta de la 
oportunidad 
y ya mas nadie tuvo acceso a la palabra mío 
y ya mas nadie ha comprendido la palabra yo.
11
Preguntadlo a la noche y al vino y a la aurora... 
Por detrás de las colinas de Vermont, los llanos de 
las costas 
por el ancho Far-West y las montañas Rocallosas, 
por el valle de Kentucky y las selvas de Maine. 
Atravesad las fábricas de muebles y automóviles, los 
muelles, 
las minas, las casas de apartamentos, los 
ascensores 
celestiales, 
los lupanares, los instrumentos de los artistas; 
buscad un piano oscuro, revolved las cuerdas, 
los martillos, el teclado, rompedle el arpa silenciosa 
y tiradla sobre los últimos raíles de la madruga... 
Inútilmente. 
No encontrareis el limpio acento de la palabra 
yo. 
Quebrad un teléfono y un disco de baquelita, 
arrancadle los alambres a un altoparlante nocturno, 
sacad al sol el alma de un violín Stradivarius... 
Inútilmente. 
No encontrareis el limpio acento de la palabra 
yo 
(¡Oh, Walt Whitman de barba desgarrada!) 
¡Que de rostros caídos, que de lenguas atadas, 
que de vencidos hígados y arterias derrotadas...! 
No encontrareis 
mas nunca 
el acento sin mancha 
de la palabra 
yo.
12
Ahora, 
escuchadme bien: 
si alguien quiere encontrar de nuevo 
la antigua palabra 
yo 
vaya a la calle del oro, vaya a Wall Street. 
No preguntéis por MR. Babbitt. El os lo dirá. 
- Yo , babbitt, un cosmos, 
un hijo de Manhattan. 
El os lo dirá 
- Traedme las Antillas. 
sobre varios calibres presurosos,, sobre cintas 
de ametralladoras, sobre los caterpillares de los 
tanques 
traedme las Antillas. 
Y en medio de un aroma silenciosa 
allá viene la isla de Santo Domingo 
- Traedme la América Central. 
Y en medio de un aroma pavorosa 
allá viene callada Nicaragua 
- Traedme la América del Sur 
Y en medio de un aroma pesarosa 
allá viene cojeando Venezuela. 
Y en medio de un celeste bogotazo 
allá viene cayendo Colombia. 
Allá viene cayendo Ecuador. 
Allá viene cayendo Brasil. 
Allá viene cayendo Puerto Rico. 
En medio de un volumen salino 
allá viene cayendo Chile... 
Vienen todos. Allá vienen cayendo. 
Cuba trae su dolo envuelto en un estremecimiento 
de comparsas. 
México trae su rencor envuelto en una sola mirada 
fronteriza 
Y Haití, Uruguay y Paraguay, vienen cayendo. 
Y Guatemala, El Salvador y Panamá, vienen cayendo. 
Vienen todos. Vienen cayendo 
No preguntéis por Mr. Babbit, os lo he dicho. 
- Traedme todos esos pueblos en azúcar, en nitrato, 
en estaño, en petróleo, en bananas, 
en almíbar. 
traedme todos esos pueblos. 
No preguntéis por Mr. Babbitt, os lo he dicho. 
Vienen todos, vienen cayendo.
13
Si queréis encontrar el duro acento moderno 
de la palabra 
yo 
id a Santo Domingo. 
Pasad por Nicaragua. Preguntad en Honduras. 
Escuchad al Perú, a Bolivia, a la Argentina. 
Dondequiera hallareis un capita sonoro 
un yo. 
Un jefe luminoso 
un yo, un cosmos, 
Un hombre providencial 
un yo, un cosmos, un hijo de su 
patria. 
Y en medio de la noche fragorosa de la América 
escuchareis, detrás de madureces y fragancia 
mezclada con sordos quejidos, con blasfemia y 
gritos, 
con sollozos y puños, con largas lagrimas y largas 
aristas y maldiciones largas 
un yo, Walt Whitman, un cosmos, 
un hijo de Manhattan. 
Una canción antigua convertida en razón de fuerza 
entre los engranajes de las factorías, en las calles 
de la ciudad. Un yo, un cosmos en las 
guardarrayas, 
Y en los vagones y en los molinos de los centrales. 
Una canción antigua convertida en razón de sangre y 
de miseria 
un yo, un Walt Whitman, un cosmos, 
¡un hijo de Manhattan ...!
14
Porque 
¿qué ha sido la ventura de los pueblos 
sino un cambio continuo, un movimiento 
eterno, 
un fuego infinito que se enciende y que se 
apaga? 
¿Qué ha sido 
sino un chorro incontenido, 
espejo ayer de oteros y palmares, 
hoy nube blanca? 
¿Y que 
sino una brega infatigable 
en que hoy manda un puñado de golosos 
y mañana los puños deliciosos, 
fragantes y frenéticos del pueblo 
innumerable? 
Por eso tu, innumero, Walt Whitman, 
que en mitad de la noche dijiste 
yo 
y el herrero sonoro se descubrió en la llama 
y el forjador y el fogonero 
y el cuidador del faro, celeste de miradas 
y el fundidor y el leñero 
y la niña celeste colando la alborada 
y el pionero y el bombero 
y el cochero y el aventurero y el arriero... 
Tu, 
que en medio de la noche dijiste 
Yo, Walt Whitman, un cosmos, 
un hijo de Manhattan 
y un pueblo entero se descubrió en tu lengua 
y se lanzo de lleno a construir su casa 
hoy, 
que ha perdido su casa, 
hoy, 
que tiene un puñado de golosos sonrientes y 
engreídos, 
hoy 
que ha cambiado el fuego infinito que se 
enciende y que se apaga 
hoy... 
hoy no te reconoce 
desgarrado Walt Whitman, 
porque tu signo esta guardado en las cajas de los 
Bancos, 
porque tu voz esta en las islas guardadas por 
arrecifes 
de bayonetas y puñales, 
porque tu voz inunda los decretos y los centro de 
Beneficencia 
y los juegos de lotería, 
porque hoy 
cuando un magnate sonrosado, 
en medio de la noche cósmica, 
desenfrenadamente dice 
yo 
detrás de su garganta se escucha el ruido de la 
muchedumbre 
ensangrentada explota refugiada 
que torvamente dice 
tu 
y escupe sangre entre los engranajes, 
en las fronteras y las guardarrayas... 
¡Oh, Walt Whitman de barba interminable!
15
Y ahora 
ya no es la palabra 
yo 
la palabra cumplida 
la palabra de toque para empezar el mundo. 
Y ahora 
ahora es la palabra 
nosotros. 
Y ahora, 
ahora es llegada la hora del Contracanto. 
Nosotros los ferroviarios, 
nosotros los estudiantes, 
nosotros los mineros, 
nosotros los campesinos 
nosotros los pobres de la tierra, 
los pobladores del mundo 
los héroes del trabajo cotidiano 
con nuestro amor y con nuestro puños, 
enamorados de la esperanza. 
Nosotros los blancos, 
los negros y amarillos, 
los indios, los cobrizos 
los moros y morenos 
los rojos y aceitunados 
los rubios y los platinos 
unificados por el trabajo 
por la miseria, por el silencio, 
por el grito de un hombre solitario 
que en medio de la noche, 
con un perfecto látigo, 
con un salario oscuro, 
con un puñal de oro y un semblante de hierro, 
desenfrenadamente grita 
yo 
y siente el eco cristalino 
de una ducha de sangre 
que decididamente se alimenta en 
nosotros 
y en medio de los muelles alejándose 
nosotros 
y al pie del horizonte de las fabricas 
nosotros 
y en la flor y en los cuadros y en los túneles 
nosotros 
y en la alta estructura camino de las orbitas 
nosotros 
camino de los mármoles 
nosotros 
camino de las cárceles 
nosotros...
16
Y un día, 
en medio del asombro mas grande de la historia, 
pasando a través de muros y murallas 
la risa y la victoria. 
encendiendo candiles de jubilo en los ojos 
y en los túneles y en los escombros, 
¡Oh Walt Whitman de barba nuestra y definitiva! 
Nosotros para nosotros, sobre nosotros 
y delante de nosotros... 
Recogeremos puños y semilleros de todos los pueblos 
y en carrera de hombros y brazos reunidos 
los plantaremos repentinamente 
en las calles de Chile, de Ecuador, y Colombia, 
de Perú y Paraguay 
de El Salvador y Brasil, 
en los suburbios de Buenos Aires y de La Habana 
y allá en Macorís del Mar, pueblo pequeño y mío 
hondo rincón de aguas perdidas en el Caribe, 
donde la sangre tiene 
ciertos rumor de hélices quebrándose en el río... 
¡Oh Walt Whitman de estampa proletaria! 
Por las calles de Honduras y Uruguay. 
Por los campo de Haití y los rumbos de Venezuela. 
En plena Guatemala con su joven espiga. 
En Costa Rica y en Panamá 
En Bolivia, en Jamaica y dondequiera, 
dondequiera que un hombre de trabajo 
se trague la sonrisa, 
se muerda la mirada. 
escupa la garganta silenciosa 
en la faz del fusil y del jornal 
¡OH, Walt Whitman! 
Blanqueciendo el corazón de nuestros días delante de 
nosotros, 
nosotros y nosotros y nosotros.
17
¿Por qué queríais escuchar a un poeta? 
Estoy hablando con uno y con otros. 
Con aquellos que vinieron a apartarlo de su pueblo, 
a separarlo de su sangre y de su tierra, 
a inundarle su camino. 
Aquellos que lo inscribieron en el ejercito. 
Los que violaron su barba luminosa y le pusieron un 
fusil 
sobre sus hombros cargados de doncellas y pioneros. 
Los que no quieren a Walt Whitman el demócrata, 
sino a un tal Whitman atómico y salvaje. 
Los que quieren ponerle zapatones 
para aplastar la cabeza de los pueblos. 
Moler en sangre las sienes de las niñas. 
Desintegrar en átomos las fibras del abuelo. 
Los que toman la lengua de Walt Whitman 
por signo de metralla, 
por bandera de fuego. 
¡No, Walt Whitman, aquí están los poetas de hoy 
levantados para justificarte! 
" - ¡Poetas venidos, levantaos, porque vosotros debéis 
justificarme!" 
Aquí estamos, Walt Whitman, para justificarte. 
Aquí estamos 
por ti 
pidiendo paz. 
La paz que requieras 
para empujar el mundo con tu canto. 
Aquí estamos 
salvando tus colinas de Vermouth. 
tus selvas de Maine, el zumo y la fragancia de tu 
tierra, 
tus guapos con espuelas, tus mazas con sonrisas, 
tus rudos mozalbetes camino del riachuelo. 
Salvándolos, Walt Whitman, de los traficantes 
que toman tu lenguaje por lenguaje de guerra. 
¡No, Walt Whitman, aquí están los poetas de hoy, 
los obreros de hoy, los pioneros de hoy, los 
campesinos 
de hoy, 
firmes y levantados para justificarte! 
¡Oh, Walt Whitman de barba levantada! 
Aquí estamos sin barba, 
sin brazos, sin oídos, 
sin fuerzas en los labios, 
mirando de reojo, 
rojo y perseguidos, 
llenos de pupilas 
que a través de las islas se dilatan, 
llenos de coraje, de nudos de soberbia 
que a través de los pueblos se desatan, 
con tu signo y tu idioma de Walt Whitman 
aquí estamos 
en pie 
para justificarte, 
¡continuo compañero de Manhattan!

martes, 22 de septiembre de 2015

Tomás Hernández Franco


Puesto en la mira por 

  • Biografía

Nació en Tamboril, Santiago el 29 de abril de 1904. Poeta narrador y ensayista.  Desde muy joven trabajó como redactor del periódico vegano El progreso y de La Información de Santiago. En 1921 se trasladó a París donde vivió hasta 1927. Allí inició los estudios de Derecho en La Sorbona, pero no terminó la carrera. Sin embargo, los seis años que permaneció en la capital francesa les permitieron entrar en contacto con la cultura y la literatura europea de la época. Su adhesión a la política trujillista, expresada desde el ascenso al poder de Rafael Leónidas Trujillo Molina en 1930, le fue compensada con nombramientos en cargos diplomáticos y en misiones culturales en varios países europeos y latinoamericanos. Fue Oficial Mayor de la Secretaría de Estado de Agricultura, Encargado de Negocios en La Habana, Ministro Plenipotenciario en Puerto Príncipe, Cónsul en Amberes y Cónsul el El Salvador. Su espíritu inquieto y, ocasionalmente, aventurero lo motivó también a viajar por los Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, España, Holanda, Italia, Panamá, Costa Rica, Guatemala, México y Puerto Rico. Dirigió, junto con Héctor Incháustegui Cabral, Rafael Díaz Niese, Emilio Rodríguez Demorizi y Pedro René Contín Aybar, los Cuadernos Dominicanos de Cultura. Su texto más importante es el extenso poema épico Yelidá, que plantea sucintamente la posibilidad de una fusión entre la raza blanca, representada por el noruego Erick, y la negra, representada por la haitiana Suquieté, que dé como resultado una tercera raza, la mulata. Para algunos críticos, entre ellos José Alcántara Almánzar, Hernández Franco no reivindica al negro porque en el poema el blanco termina imponiéndose. Pese a eso, ha colocado a Hernández Franco entre los poetas dominicanos más destacados del siglo XX. Murió en Santo Domingo el 1 de septiembre de 1952. 

  • Poemas

Yelidá
Un antes
Erick el muchacho noruego que tenía 
alma de fiord y corazón de niebla 
apenas sospechaba en su larga vagancia de horizontes 
la boreal estirpe de la sangre que le cantaba caminos en las sienes.
En el más largo mes del año había nacido 
en la pesquera choza de brea y redes salpicada casi por las olas 
parido estaba entre el milagro del mar y el sol de medianoche 
de padre ausente naufragado 
nadador ya de algas profundas y arenas sorprendidas 
de escamas y de agallas y de aletas.
Era el quinto hijo para el mar nacido 
Erick creció en su idioma de anzuelo y de corriente 
fuerza de remo y sencillez de espuma 
como todos los muchachos de la playa 
mitad Tritón y mitad Ángel.
Pero Erick no sabía nada de eso 
—pulso de viento y terquedad de proa— 
aprendió los nombres de los peces de las puntas y cabos 
la oración del canal y la bahía 
a los quince años conocía mil golfos 
y sin contar el ya remoto y salobre seno de la madre 
ni un solo pensamiento de noruega 
le había caminado entre las cejas rubias.
En un anual calafateo de lanchas 
llamas estopa y brea 
Erick tenía veinte años y era virgen dentro de sus botas de hule 
y creía que los niños nacen así como los peces 
en la noche quieta de los reposos del mar 
pero el tío piloto contaba entre dientes largas historis de islas 
con puertos bruñidos y azules 
donde centenares de mujeres desnudas subían carbón al barco
donde había pájaros verdes hirviendo de palabras obscenas 
y donde en la noche florecía el burdel con hondo aliento de tam-tam.
El tío mascullaba una lejana canción de sol y cocoteros 
en lengua que no podía ser noruega y que ponía 
en el pulso de viento de Erick pequeños remolinos.
A los veintidos años Erick tenía la mirada gris azul 
densa de su alma puesta en dique 
y una voluntad de timón y de quilla 
por llegar a las islas de las montañas de azúcar 
donde —decía el tío— las noches olían a cedro como las barricas de ron 
Erick sabía que los marinos noruegos siempre desertaban en las islas 
pero cuando estaban bien borrachos los capitanes los metían a patadas 
en las bodegas sucias y entonces volvían a Noruega
flacos y callados y tristes.
Con todo y las patadas el marino Erick ya estaba en ruta.
Otro antes
Esta no es la historia de Erick al fin y al cabo 
que a los treinta años ya no era marinero 
y vendía arenques noruegos en su tienda de Fort Liberté 
mientras la esposa de Erick madam Suquí 
rezaba a Legbá y a Ogún por su hombre blanco 
rezaba en la catedral por su hombre rubio.
Madam Suquí había sido antes mamuasel Suquiete 
virgen suelta por el muelle del pueblo 
hecha de medianoche a toda hora 
con hielo y filo de menguante turbio 
grumete hembra del burdel anclado 
calcinada cerámica con alma de fuente 
himen preservado por el amuleto de mamaluá Clarise 
eficaz por años a la sombra del ombligo profundo 
Erick amó a Suquiete entre accesos de fiebre 
escalofríos y palideces y tomaba quinina en grandes tragos de tafiá 
para sacarse de la carne a la muchacha negra 
para huyentarla de su cabeza rubia 
para que de los brazos y el cuerpo se le fuera 
aquel pulido y agrio olor de bronce vivo y de jungla borracha 
para poder pensar en su playa noruega con las barcas volteadas 
como ballenas muertas.
Pero Suquiete lo amaba demasiado porque era blanco y rubio 
y cambió el amuleto de mamaluá Clarise 
por el corazón de una gallina negra 
que Erick bebió en viernes bajo la luna llena con su tafiá y su quinina 
y muy pronto los casó el obispo francés 
mientras en la montaña el papaluá Luipié 
cantaba el canto de la Guinea y bebía la sangre de un chivato blanco.
En la noche sudada de fiebres y marismas 
Erick sin sueño marinero varado sobre la carne fría y nocturna de Suquí 
fue dejando su estirpe sucia de hematozoarios y nostalgias 
en el vientre de humus fértil de su esposa de tierra 
y Erick murió un buen día entre Jesucristo y Damballá-Oueddó 
apagado el pulso de viento del velero perdido en el sargazo 
su alma sin brújula voló para Noruega 
donde todavía le quedaba el recuerdo
de un pié de mujer blanca que hacía frágiles huellas en la arena mojada.
Un después
Y así vino al mundo Yelidá en un vagido de gato tierno 
mientras se soltaba la leche blanca de los senos negros de Suquí 
alegre de todos sus dientes y de su forma rota 
por el regalo del marido rubio 
y Yelidá estaba inerme entre los trapos 
con su torpeza jugosa de raíz y de sueño 
pero empezó a crecer con lentitud de espiga 
negra un día sí y un día no 
blanca los otros 
nombre de vodú y apellido de kaes 
lengua de zetas 
corazón de ice-berg 
vientre de llama 
hoja de alga flotando en el instinto 
nórdico viento preso en el subsuelo de la noche 
con fogatas y lejana llamada sorda para el rito.
Los otros sólo tuvieron la sospecha de un peligro cercano 
mientras Suquí descendía su alma por los caminos de noche de su entraña 
y engordaba en su alegría de matriz de misterio 
ternura de polen en su hija de llama 
para cuyo destino no tuvieron respuesta el gallo y la lechuza 
ni sabían nada el más sabio ni el más viejo.
Los peces lo sabían y la noche y la selva y la luna y el tiempo de calor 
y el tiempo de frío 
y el alma de garra del pantano 
y el dios que enmaraña las raíce sy las empuja fuera de la tierra 
y el macho y hembra que en los cementerios 
enciende fuegos verdes sobre el vientre helado de los muertos 
y el que está en la garganta de los perros lejanos 
y el del miedo con sus mil pies y su cabeza cortada.
Y ésta quiere ser la historia de Yelidá al fin y al cabo.
Tacto de clave 
flanco sonoro al simple peso de la mirada 
paladar de fiera 
cuerpo de eterna juventud de serpiente nuevo para cada luna nueva 
completa para siempre como el mito 
hermafrodita en el principio del mundo 
cuando descuartizaron a los dioses 
enigma subterráneo de la resina y del ámbar
pacto roto de la costilla de oro 
traición hembra del tiempo libertada.
Un paréntesis
Los liliputienses dioses infantiles de la nieve 
los viejecillos vestidos de rojo 
que sacuden la niebla de sus barbas 
y los que soplan sobre las letras sin rumbo de las veletas 
los habitantes del rescoldo 
los del viento ululante 
los que dibujan las árticas auroras 
los dioses de algodón y de manzana
que tienen largo el sur y corto el norte 
los que sobre la tímida y verde vida del musgo verde 
resbalan y juegan con las flores del hielo 
los hiperbóreos duendes del trineo y del reno 
supieron la noticia en lengua de disueltos huracanes lejanos.
Sangre varega en la aventura de cosas de hombre 
por cosas de mujer se trasplantaba 
en islas de caracol y de pimienta 
perdida iba a quedar para su ártico 
en el flotante archipiélago encendido 
perdida iba a quedar para su mansa 
vegetación de pinos ordenada 
perdida iba a quedar para su lucha
de olas aceite y peces 
perdida iba a quedar para Noruega 
en las islas de fuego condenada.
Viajeros por los hondos caminos del subsuelo adornados de tumbas 
donde dialoga el fósil con la raíz podrida 
y el hueso suelto espera la trompeta 
y se hace oscuro el secreto del agua 
que lava las pupilas insomnes del mineral perdido 
por la grieta y la gruta y el estrato 
los dioses de leche y nube con el sexo de niño 
buscaron al otro dios de los mil nombres
al dios negro del atabal y la azagaya 
comedor de hombres constelado de muertes 
Wangol del cementerio y del trueno 
el dueño del ojo vidriado de zombí y la serpiente
Buscaron a Ayidá-Oueddó que es la que pone 
a arder la lámpara roja del estupro 
la que en el hondo vientre de cueva del bongó mantiene 
las cien serpientes locas del dolor y la vida 
la que en la noche de Legbá suelta los perros del deseo 
la que está partida en dos mitades por sexo infinito 
maestra de la danza sagrada para llegar hasta ella misma 
domadora del grito y del espasmo.
Implorantes de llantos en sordina 
Casi borrachos ya de olor de isla 
los dioses de Noruega pedían salvar la última gota de la sangre de Erick
la escandinava inocencia de una gota de sangre.
Buscaron a Badagris dictador de la puñalada y del veneno 
espíritu suelto de los cañaverales 
donde el tafiá es primero flor y luego miel 
el padre del rencor y de la ira 
el que enciende la choza al leve contacto de su mano negra 
y viola a todas las niñas en el vientre de las madres dormidas.
Buscaron a Agoué dios ventrudo del agua 
mitad evaporado de sol y de brasa 
y mitad prisionero del pantano 
aburido de moscas y de olas 
en su casa de vientos y de esponjas.
Hablaron con los ojillos azules entomados 
mientras la sangre se les iba haciendo de plata derretida 
porque Ayidá-Oueddó bailaba en el canto del gallo 
con los senos brillantes de sudor y de estrellas.
Pero aquella noche Yelidá había tenido su primer amante 
estaba tendida y fresca como una hoja amarilla muy llovida 
adolorida sin dolor casi despierta en la hamaca de un sueño tibio 
le vivía tan sólo un golpe amado de tambor en las sienes 
y en el vientre se le dormía la música y la danza.
Por los caminos de la lombriz y de la hormiga 
rota toda esperanza regresaron.
Otro después
Con alma de araña para el macho cómplice del espasmo 
Yelidá por el propio camino de su vientre 
asesina del viento perdido entre los dientes de la gruta 
ahí se estaba vegetal y ardiente 
en húmeda humedad de hongo y de liquen 
caliente como todo lo caliente 
cosa de hoja podrida fermentada en penumbra tiempo y luna 
hecha de filtro y de palabra rara
en el agua del charco con su verde y su larva 
y su ala a medio nacer y su andar de meteoro 
Yelidá deshojada a sí y a no 
por éxtasis de blanco y frenesí de negro 
profunda hacia la tierra y alta hacia el cielo 
en secreto de surcos y en místico de llamas.
Final
Será difícil escribir la historia de Yelidá un día cualquiera.




Poema de chewing-gum

Y entonces, el gitano mudo, 
cantó su canto como pudo:
Siento que mi alma se vuelve como la de una 
prostituta 
‑o que mi alma es una prostituta‑ 
mientras espero el poema que tal vez va a llegar.
En mí todo poema es problemático. 
Quizás el aborto de hoy hubiera sido 
el parto de mañana 
‑todavía es más duro aprender a esperar‑ 
y los fetos 
pierrots‑buzos‑sin escafandra 
me hacen reproches incompletos como sus 
        propias vidas 
solemnes, como las torres guillotinadas de Notre 
        Dame; 
pero, 
«acabar» es bueno para los que tratan de engañar 
al tiempo 
o para los que nacieron con un poder de ases 
tatuado sobre la frente 
para poder reírse de los malos destinos, 
mientras que en mí todo se queda trunco 
porque nunca tengo tiempo para nada 
ocupado en el negocio de mi ocio 
gentleman‑globe‑trotter‑sobre‑los‑mapa‑ 
mundis‑arlequines!
Un día, 
los loros amarán de amor 
el corazón aceitado de los fonógrafos, 
pero yo he roto todos los juguetes que hubiera 
podido amar 
‑navíos‑claros de luna‑torre‑eiffel‑ 
y me he quedado solo con un poema 
maravillosamente incompleto: 
sombría galería de mina abandonada 
que mira al sol por los periscopios de los pozos 
y donde nunca nadie encontró nada.
Me complico en negaciones: 
sonda quisiera ser para el tonel de las Danaidas. 
La temperatura de mi pensamiento 
está llegando a menos 
que dan vértigos 
y un día me encontraré en mis propios antípodas 
Robinson de una aventura 
que sólo algunos locos podrán un día creer.
Los otros querían hacer «sentir» su poesía: 
yo quisiera que la mía se pudiera mascar. 
Poema inútil, como una pastilla de chewing‑gum. 
Contarse a sí mismo. Manera 
de ir viviendo cada vez más desnudo. 
Llegar hasta a arrancarse la piel, alegremente 
como lo haría un fakir 
ante un grupo de marineros borrachos 
que pensaron divertirse 
y súbitamente 
sintieron todo el dolor que el hombre no sentía 
y guardaron toda la vida las pupilas espantadas 
de lo que vieron esa noche.
De tanto rehusar todas las anestesias 
invito más amigos para la fiesta de mi autopsia.
Disparejo, como un paisaje de ciudad 
visto desde una torre, 
mapa en relieve de mi Suiza interior 
mi poema 
‑fotografía desde el avión de mi recuerdo‑ 
escrito con una indiferencia de vaca que rumía 
e inútil como una pastilla de chewing‑gum.
Ya no estaremos ahí para regocijarnos, 
yo no predigo nada porque estoy en la tierra mía 
pero yo sueño un poema erizado de vértices 
‑ilusión de himalaya de cinematógrafo‑ 
mecanoterapia para los últimos tziganos 
vals‑lento‑del‑danubio 
atragantados de emoción.
Hay también Charlot, profesor de infinito, 
‑Biblia y Quijote‑ 
quien con una sola mueca 
marcóme la cifra de mi desesperanza 
en el ábaco de las nebulosas. 
Corazón de oro ‑lo hubiera dicho mi abuelo‑ 
que se complace en hacer comer a la jauría 
pedazos de su emoción 
y finge creer que no lo sabe 
‑¿lo ignora la señora Chaplin, la madre de Charlot? 
Nuestra emoción de ahora 
más terrible que todas las viejas emociones 
emoción de performance 
de autódromo 
de equilibrista japonés 
y de la danza de los panes, 
emoción que nos hace detener el corazón dentro 
del pecho 
como 
la máquina de un reloj que hubiese contado toda 
la era cristiana.
En realidad, la era cristiana terminóse hace 
tiempo 
estamos, simplemente, en la era del Hombre.
El amigo alegre que vino cargado con su mala 
noticia 
se fue asombrado de mi lejanía 
y comprendió que para mí ya no hay malas 
noticias. 
Mi corazón tiene dos perfiles 
pero al lado que miraba hacia atrás le he sacado 
los ojos 
ruiseñor ciego que no me intereresa oír cantar. 
Payaso de lo absurdo, 
cada noche me trago el sable de mi vida 
frente al público y con las mangas levantadas. 
Como Alejandro el macedonio 
me duplico en mis noches 
y cada mañana puede creer 
que regreso sin cansancio de algún tremendo viaje.
Vocación de suicidio de cada palabra mía 
que a cada línea me van pidiendo a gritos 
el reposo de algún punto final. 
Vocación de suicidio de todo mi poema: 
vocación de suicidio mía, que es mi única razón 
de ser. 
Imán. 
Estrella Polar. 
Signo de prostituta. 
‑Galeote febril amarrado al remo de mi propia 
mentira 
todavía no es tiempo. Todavía.
Poema de chewing‑gum. 
Poema inútil espejo de la vida mía 
donde se puede ver mi corazón por el ojo de la 
cerradura 
espantosa glosa sobre cada pétalo 
de la rosa de mi ocio 
que es el negocio en la Wall Street de mi pasión.
Poema rascacielo 
con un solo ascensor: 
castillo de naipes para mí que no tengo torre de 
marfil 
poema que se puede mascar 
como una pastilla de chewing‑gum.